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Punto de meditación

Mente Relajada

Cada nuevo día podemos elegir cómo vivirlo. Podemos elegir despertarnos con una sonrisa o con un gesto agrio. Podemos elegir vivir serenamente un precioso y único día, con sus avatares favorables y contrarios, o agobiados por los problemas cotidianos, con la mente estresada y el cuerpo en tensión.

La diferencia radica en mantener la mente relajadamente atenta a lo que en realidad tiene valor en la vida, tratando de que lo superfluo, lo innecesario, cada vez tenga menos peso en nuestros actos y en nuestros pensamientos. Una forma de favorecer que se dé este estado mental es percibiendo que todo aquello que surja de una emoción negativa será negativo. Si la ira, el rencor... nos arrastran a actuar, esta acción será irresponsable y probablemente dañina.

Pero, cómo recordar que debemos mantener la mente atenta y al mismo tiempo relajada. Usemos algo que nos ayude. Quiero decir que pongamos algún elemento que veamos, oigamos, que seamos conscientes de su presencia con facilidad y nos recuerde la práctica. Sea la que sea. Por ejemplo, un anillo, una marca en la palma de la mano, una macetita con una flor en nuestra mesa de trabajo, un suave sonido que nos alerte cada ciertos minutos... De tal forma, la mente se dirige de nuevo a la práctica, que bien puede ser respirar conscientemente (decir en voz alta o pensando: respiro, sé que respiro; inspiro, retengo el aire, espiro, el aire sale lentamente...), o hacerse presente (sentirse en el lugar, decirse a uno mismo: estoy vivo, estoy aquí, estoy presente, me hago presente...).

Cuando hablo de mente entended por favor que me estoy refiriendo a una mente que contiene de igual forma el corazón. Sin corazón no hay realmente mente, aunque tampoco hay corazón sin mente. La mente, la auténtica mente, se fusiona con la conciencia y en ésta siempre está presente el corazón.

La mente puede parecer compleja, pero a través de la meditación podemos entender que la mente es realmente simple. Se divide en aquello que nos perjudica y lo que nos favorece. El odio, el rencor, la ira... nos perjudican; el amor, la amistad, la compasión... nos favorecen. Además, coincide que aquello que realmente favorece a quien lo hace, favorece asimismo al resto de los seres, y lo que hagamos que vaya en contra de uno, también lo hará en contra de todos los demás.

Para ir paulatinamente entendiendo la mente os diré una práctica muy efectiva, quizá una de las mejores que se pueda hacer. La esencia es sencilla: concentrémonos únicamente en una sola cosa. Si logramos mantener la concentración exclusivamente en algo, aunque sea unos instantes, el resultado para la mente es de incalculables consecuencias positivas. Conforme practiquemos iremos viendo cómo la mente, poco a poco, se va sumando a este estado en el cual se relaja y se encuentra consigo misma, y cada vez logra estar más tiempo orientada hacia un solo objeto de meditación sin perturbarse.

Como es lógico, durante las primeras fases, los pensamientos, una y otra vez, nos apartan del objetivo elegido, ya que la mente poco instruida desea ocuparse de inagotables cosas e ir de unas a otras sin descanso, perdiendo el tiempo en innumerables puerilidades. Pero, no hay que desesperar. Hagamos lo mismo, una y otra vez volvamos a concentrarnos en el objeto. Nuestra mente verdadera es más tenaz y capaz que la ilusoria mente discursiva, así que sólo es cuestión de persistencia y paciencia, enseguida comienza un viaje gozoso y enriquecedor, ya que conforme practicamos iremos comprendiendo la naturaleza de la realidad, y ésta es gozosa y enriquecedora.

Tratemos de hacer una prueba con un sencillo ejercicio de concentración. Pongamos un reloj con segundero a la altura de los ojos. Se trata de fijar la atención en el movimiento de la aguja sin perder la concentración. Podemos decirnos: “La aguja del reloj se mueve y mi mente va con ella”. En el momento en que percibamos que un pensamiento distinto a ese ligado al movimiento de la aguja perturba la atención, debemos parar y esperar que la aguja señale de nuevo el número doce, es decir, la parte superior de la esfera, y volver a empezar. Aunque pueda parecer sencillo, es una práctica realmente difícil para quien no esté acostumbrado a dirigir su atención voluntariamente. Si un minuto es excesivo para empezar, podemos probar con medio minuto o con quince segundos. La cuestión es comprobar que somos capaces de estar ajenos a los pensamientos erráticos y que podemos dirigir la atención hacia el objeto que deseemos con exclusión de cualquier otro.

De esta manera iremos logrando que la atención se dirija a lo que realmente queremos. Si permitimos que vague errante de un lugar a otro, será efímera e inconsistente, y en vez de ser nosotros quienes marquemos las pautas de nuestra realidad, serán las circunstancias cambiantes y erráticas quienes lo hagan.

Si queremos mantener nuestra atención en esa hoja que se balancea mecida por la brisa, hagámoslo. Después, si así lo queremos, cambiemos el objeto de nuestro pensamiento, pero tratemos de que la mente no sea la hoja arrastrada por el huracán de un lugar a otro.

Si estamos concentrados en algo concreto y surgen pensamientos erráticos, podemos volver a concentrarnos en el objeto inicial o cambiarlo por otro. La cuestión es que sea cual sea, sea uno solo cada vez, y que cuando perdamos la concentración podamos retomarla con ese u otro objeto.

Nuestro interés es la propia atención, sea el objeto que sea el que usemos en la práctica, nos guste o no nos guste, nos interese por sí mismo o no, sea agradable o desagradable. Si nos concentramos en la manecilla del reloj, allí frente a nosotros está la manifestación de todo lo existente, el todo y, en realidad, la nada. Por ello, cuando miremos algo veámoslo como la representación de la creación.

La atención nos permite ser conscientes, pero no es en sí la consciencia, aunque sin ella, sin la atención, no es posible adquirirla. Sólo somos conscientes cuando somos capaces de estar atentos al mundo, y éste se patentiza en lo pequeño, en el detalle, en la manecilla del reloj. Si somos capaces de mantener la atención sobre un grano de arena, somos capaces de ser conscientes del mundo.

No se trata de hacer lo que no podemos hacer, sino de hacer lo que podemos hacer lo mejor que podamos. ¡Hagámoslo!, lo mejor que sepamos. Así pues, hagamos lo que hagamos, ¡hagámoslo!


Textos extraídos de “Sé feliz” y de “Practicando el poder de ser consciente”. Ediciones i.






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Está considerada como la gran novela espiritual del siglo XXI, escenificada en el siglo XIX.